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Para Fabelo
Hallándose ante el umbral de la plenitud de su obra y con la íntima certeza
de que el camino es este y no otro, avanza iluminado con esta interna
convicción, dejando como huellas a su paso las mas bellas y acabadas
realizaciones.
A vuelo de pájaro la terraza contigua al estudio y el breve espacio del
jardín, semejan una amplísima mesa en que se hayan dispuestas las grandes
piezas del servicio para un festín inacabado.
Cual tapices multicolores del Oriente, los cubiertos han sido entretejidos a
nudo con cordones de paño; con sigilo y premura, maestros del oficio
cincelaron los metales, cumpliendo el encargo ante la mirada exigente del
artista que primero los impuso de las visiones de su sueño.
Los hipotéticos comensales – voraces e insaciables- dejaron los huesos de
reses y corderos, cerdos y otras especies que, pasado el tiempo, reflejan
ahora el extraño epilogo que sucede a la gula de los ya olvidados invitados.
Fabelo nos revela el misterio en grandes y preciosas cartulinas, en las
cuales su genio como dibujante, la gracia inimitable de sus colores,
denuncian para la posteridad a los actores del teatro, del mundo y de la
vida.
Más allá de alucinantes deformaciones morales, sus criaturas reciben como
bautismo regenerador el toque mágico que, reservado al cuarto e
imperceptible color, no es otro que el de la belleza.
Y en ello insiste una y otra vez...
Se requiere pan, justicia...pero también, belleza. Ella es el espejo de la
suprema aspiración del hombre que, insatisfecho de la vida, anda eternamente
sediento de libertad.
Sobre ese mar, a veces brumoso, navegamos.
Y, consolados del espanto de tantos horrores, nos guía – a él y a nosotros-
la adorada sirena que se inclina gentil y noblemente:
Suya es,
Unica en su genero,
Ya no se puede dudar de que es posible,
Un mundo mejor.
Eusebio Leal Spengler
La Habana, abril 2003.
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