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Una ración de mundo. Caridad Blanco de la Cruz, 2005.

La violencia y el espanto han sido componentes de una buena parte del discurso de Roberto Fabelo. Esta afirmación, en abstracto, puede resultar paradójica para muchos de los que conocen un poco la obra hecha por él y la piensan en términos más nobles, amables -permítaseme eludir el compromiso estético de clasificarla como bella. La paradoja surge justo del punto de conjunción entre el desgarramiento ante la tragedia humana y el placer del canto a la vida, que se entrelazan y confunden como asuntos viscerales que han ido quedando expuestos durante todos estos años en sus dibujos, acuarelas, tintas, óleos, esculturas y -más recientemente- en sus instalaciones.

Un poco de mí -su anterior exposición en este mismo espacio del Museo Nacional de Bellas Artes, en mayo de 2003- viene a ser el antecedente más cercano de la nueva serie (Mundos) que Fabelo presenta ahora. Me gustaría, no obstante, recordar que toda la variedad de cazuelas y utensilios de cocina tomados de la vida cotidiana a partir de esa necesidad vital del ser humano que es comer, y que tuvieron su protagonismo como objetos reales en la instalación La mesa y en otras obras presentadas en aquella oportunidad, son elementos recurrentes en la poética del artista desde que iniciara, a principios de la década del 80, la serie titulada Fragmentos vitales.

Esta acotación tiene como propósito despejar en lo posible un juicio valorativo equívoco que pudiera formarse a partir de entender las nuevas morfologías empleadas por Fabelo como una abrupta escisión y no como la continuidad -que en realidad es- de un largo proceso de trabajo aún sin terminar. Por otra parte, lo que el artista nos propone objetualmente no le hace olvidar el oficio de dibujante que va consigo a todas partes. Es en el dibujo donde todo lo que hace tiene su esbozo o consumación. Sus instalaciones escultóricas o esculturas instalativas –como quiera llamárseles- nunca van en solitario, sino en compañía de lo que las antecedió, a manera de un gesto que trata de conciliar la fertilidad de una acuarela y -sobre todo- del dibujo como el primer procedimiento germinativo de todas sus inquietudes, que ahora se desplazan hacia otros soportes, materiales y formas.

Mundos viene a resultar, a diferencia del resto de la creación de este artista, un espacio para la síntesis. Por el momento, Fabelo deja a un lado esa tendencia algo barroca de su figuración. Esta nueva serie significa la preeminencia de la esfera como expresión mayor de la totalidad, la preponderancia de la circunferencia o el círculo como símbolos de los cuerpos celestes. Aunque esta forma circular es, sobre todas las cosas, una alegoría de nuestro mundo, tan alejado de la perfección que Platón atribuyera una vez a los hombres ¿Qué es hoy este planeta donde vivimos sino el reflejo de las atrocidades que hemos hecho contra él durante siglos, y de manera catastrófica en lo que va del nuevo milenio?

El círculo o la esfera son la representación del “sí mismo” y de la psique. Pero, sin eludir lo anterior, para Fabelo se tornan en metáfora con la cual reflexionar sobre una crisis. La crisis de una relación que ha llegado casi al antagonismo entre el ser humano y la naturaleza, entre la vida y su entorno. El hombre es un símbolo per se, un mundo en miniatura. Y si detenta la conciencia del universo -para bien o para mal- él está implícito, aunque por elipsis, en la construcción de estos objetos, de estos cuerpos cósmicos que el artista crea como analogía de las situaciones hacia donde nos llevan las incongruencias de ese hombre en relación con la sobrevivencia del ser como entidad física y espiritual, en relación con el hogar mayor que es nuestro planeta.

Los dos últimos siglos de la “civilización” humana han tenido el costo de una radical y trágica transformación de la Tierra. Ese “desarrollo” irracional y despiadado ha provocado un fuerte calentamiento global, con una repercusión fortísima: cambios climáticos a escala planetaria; lluvias ácidas; deforestación; contaminación de los suelos, la atmósfera y las aguas –tanto de los ríos como de los mares y océanos. Todo ello ha ido estrangulado lentamente los pulmones del planeta. Estos factores sólo han avivado la certeza del peligro que se cierne sobre todos los seres vivos del universo que conocemos y habitamos.

Si a lo mencionado añadimos las secuelas de las guerras de todo tipo en que estamos envueltos -sin olvidar los intereses económicos que cada una solapa, ya sea el control de importantes zonas petroleras y territorios estratégicos, o la posesión de agua potable-; si también tomamos en consideración que el potencial de armas nucleares asciende a 20168 ojivas reunidas en el arsenal de 9 países y que esa capacidad termonuclear puede aniquilar al planeta Tierra en tan sólo 53 minutos, entonces el aviso que estamos recibiendo es bien sombrío. Los mundos recreados por Roberto Fabelo tienen la capacidad devolvernos a esa realidad que muchos olvidamos, enfrascados en sobrevivir a diario en cada uno de nuestros ámbitos, mientras otros disipan su existencia envueltos en la fragancia de Eau du Soir, Chanel No. 5, Acqua di Gio o Eternity.

En el interior de los Mundos del artista no presiento al ser humano ideal, de proporciones perfectas, que dejara plasmado Leonardo da Vinci en su dibujo Homo Cuadratus (1485-1490). Por el contrario, subliminalmente distingo a púberes que estrenan una vida. Vida que en muchas partes está siendo truncada mientras escribo estas palabras ¿Ese es el futuro que se está diseñando la humanidad?

Sobre ese diseño de la destrucción y el desamparo nos hace pensar Fabelo como algo factible. Cinco Mundos que podemos tocar y están a la altura de nuestros ojos. Y el ojo es justamente el primer mandala. Ojalá sea cierto lo dicho por Cirlot acerca de la finalidad de los mandalas: “servir como instrumentos de contemplación y concentración (como ayuda para precipitar ciertos estados mentales y para ayudar al espíritu a dar ciertos avances en su evolución...)”.

Para ello –como advertencia- los Mundos de Fabelo se sostienen suspendidos ante la vista de todos. Mundo K, con ese color áureo viejo de las 16.000 cucarachas disecadas que lo conforman, espécimen que será el único en sobrevivir al exterminio atómico; en tanto que Petromundo exhibe una superficie formada por casquillos de balas de gran calibre, testimonio de las guerras emprendidas por el control del “crudo”. Mundo del día a día es una esfera de cubiertos inútiles que claman por sostener cualquier bocado, ya que bocas son las que sobran; y Mundo 0 es el trofeo de huesos con el que se premiará la falta de cordura. Mientras, una esfera sin nombre y hecha de carbón vegetal encarna el misterio y la incertidumbre en su rotunda negrura, esperando tan sólo la proximidad de una llama para volver a arder y consumirse definitivamente. Ella es la alegoría del límite de lo que puede ser destruido, y a la vez el atisbo del canto a lo que todavía pudiera sobrevivir.

Esta exposición austera, que tiene su mayor sostén en lo simbólico, pulsa sus argumentos desde lo objetual y es completada por un conjunto de dibujos casi enteramente monocromáticos, que reiteran el mismo mensaje. Dibujos de pequeño y gran formato, en extremo sintéticos. Unos, hechos con creyón sobre masonite, otros asentados sobre textiles estampados. Conforman un grupo en el cual se destaca el que proyecta desde la frente del Apóstol la luz cósmica de su espiritualidad y pensamiento humanista.

Este conjunto también incluye el primer boceto de la serie Mundos, en cuyos márgenes se distinguen algunos trazos distraídos del artista, del momento en que este proyecto comenzaba a tomar cuerpo definitivo, y estaban a punto de ser construidas las esferas que Fabelo quería lograr. Sólo entonces se soslayaron los abundantes apuntes y estudios hechos para tal fin en las agendas de notas del artista. Otro dibujo no menos llamativo es Mundo K, homenaje al escritor checo Franz Kafka y alusión directa al insecto en que quedó convertido su personaje Gregorio Samsa, protagonista de La metamorfosis. Una novela en la que, como hoy, el destino del hombre va siendo arrastrado hacia rumbos casi inevitables.

En Reciprocidad aparece una pareja acurrucada, ovillándose, conformando un círculo de energía, de entrega de fluidos, en medio del encuentro erótico donde lo biológico no niega la posibilidad de la pasión o el amor. Siguiendo un tanto ese sentido del placer y la tentación discursa Mundo rosa, cuyos trazos ponderan la belleza de la carne en un trasero femenino y desde una postura en que su sexo queda expuesto a la vista. En tanto que Fuente es un seno femenino ofrecido en su cualidad de surtidor de vida, de pecho para amamantar nuestro universo. Estos tres últimos dibujos constituyen excepción en medio de un conjunto que se caracteriza esencialmente por su laconismo, como sucede en Medio mundo y en el resto de las piezas que cierran este grupo de obras, sin olvidar a esas que indistintamente semejan cinco gotas de noche salpicando las paredes de la sala. Son cazuelas semiesféricas donde se solía cocinar para saciar el hambre de muchos. Fondos de calderos que insinúan rostros en medio del tizne adherido durante tantos años de explotación, de uso. Rostros anónimos de niños, mujeres y ancianos que emergen en medio del hollín.

Este escenario de contenciones y tensión que constituye la serie Mundos de Roberto Fabelo tiene, como centro, problemáticas que atañen a todos y se nos dan a través de una metáfora. La clave está en la repetición enfática del cinco, número que rige al hombre y es además su símbolo. Igual número de sentidos, de extremidades. Cifra reiterada en manos y pies. Cinco partes iguales en altura y ancho, según la representación del hombre como microcosmos realizada por Agrippa de Nettesheim, quien a partir de ello lo enmarcó en los límites geométricos de una estrella.

Si se dudara de que el artista intenta establecer, desde su óptica, una comunicación urgente con el pensamiento del hombre contemporáneo y maximizar todo lo posible el sentido de su mensaje, bastaría con mirar a Ración de mundo. Un plato enorme de humilde aluminio está servido con cuanta cosa hemos convertido en desecho durante el transcurso vertiginoso de nuestra existencia. A ese ritmo de constantes desatinos, es muy probable que mucho antes de lo previsto hayamos perdido toda posibilidad de salvar al medio en que vivimos y a la humanidad toda, es muy factible que sobrevivan solamente los despojos en que habremos convertido a todo cuanto nos rodea, y la vida no alcance para llegar hasta esa única ración.

Caridad Blanco de la Cruz