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La violencia y el espanto han sido componentes de una buena parte del
discurso de Roberto Fabelo. Esta afirmación, en abstracto, puede
resultar paradójica para muchos de los que conocen un poco la obra hecha
por él y la piensan en términos más nobles, amables -permítaseme eludir
el compromiso estético de clasificarla como bella. La paradoja surge
justo del punto de conjunción entre el desgarramiento ante la tragedia
humana y el placer del canto a la vida, que se entrelazan y confunden
como asuntos viscerales que han ido quedando expuestos durante todos
estos años en sus dibujos, acuarelas, tintas, óleos, esculturas y -más
recientemente- en sus instalaciones.
Un poco de mí -su anterior exposición en este mismo espacio del Museo
Nacional de Bellas Artes, en mayo de 2003- viene a ser el antecedente
más cercano de la nueva serie (Mundos) que Fabelo presenta ahora. Me
gustaría, no obstante, recordar que toda la variedad de cazuelas y
utensilios de cocina tomados de la vida cotidiana a partir de esa
necesidad vital del ser humano que es comer, y que tuvieron su
protagonismo como objetos reales en la instalación La mesa y en otras
obras presentadas en aquella oportunidad, son elementos recurrentes en
la poética del artista desde que iniciara, a principios de la década del
80, la serie titulada Fragmentos vitales.
Esta acotación tiene como propósito despejar en lo posible un juicio
valorativo equívoco que pudiera formarse a partir de entender las nuevas
morfologías empleadas por Fabelo como una abrupta escisión y no como la
continuidad -que en realidad es- de un largo proceso de trabajo aún sin
terminar. Por otra parte, lo que el artista nos propone objetualmente no
le hace olvidar el oficio de dibujante que va consigo a todas partes. Es
en el dibujo donde todo lo que hace tiene su esbozo o consumación. Sus
instalaciones escultóricas o esculturas instalativas –como quiera
llamárseles- nunca van en solitario, sino en compañía de lo que las
antecedió, a manera de un gesto que trata de conciliar la fertilidad de
una acuarela y -sobre todo- del dibujo como el primer procedimiento
germinativo de todas sus inquietudes, que ahora se desplazan hacia otros
soportes, materiales y formas.
Mundos viene a resultar, a diferencia del resto de la creación de este
artista, un espacio para la síntesis. Por el momento, Fabelo deja a un
lado esa tendencia algo barroca de su figuración. Esta nueva serie
significa la preeminencia de la esfera como expresión mayor de la
totalidad, la preponderancia de la circunferencia o el círculo como
símbolos de los cuerpos celestes. Aunque esta forma circular es, sobre
todas las cosas, una alegoría de nuestro mundo, tan alejado de la
perfección que Platón atribuyera una vez a los hombres ¿Qué es hoy este
planeta donde vivimos sino el reflejo de las atrocidades que hemos hecho
contra él durante siglos, y de manera catastrófica en lo que va del
nuevo milenio?
 
El círculo o la esfera son la representación del “sí mismo” y de la
psique. Pero, sin eludir lo anterior, para Fabelo se tornan en metáfora
con la cual reflexionar sobre una crisis. La crisis de una relación que
ha llegado casi al antagonismo entre el ser humano y la naturaleza,
entre la vida y su entorno. El hombre es un símbolo per se, un mundo en
miniatura. Y si detenta la conciencia del universo -para bien o para
mal- él está implícito, aunque por elipsis, en la construcción de estos
objetos, de estos cuerpos cósmicos que el artista crea como analogía de
las situaciones hacia donde nos llevan las incongruencias de ese hombre
en relación con la sobrevivencia del ser como entidad física y
espiritual, en relación con el hogar mayor que es nuestro planeta.
Los dos últimos siglos de la “civilización” humana han tenido el costo
de una radical y trágica transformación de la Tierra. Ese “desarrollo”
irracional y despiadado ha provocado un fuerte calentamiento global, con
una repercusión fortísima: cambios climáticos a escala planetaria;
lluvias ácidas; deforestación; contaminación de los suelos, la atmósfera
y las aguas –tanto de los ríos como de los mares y océanos. Todo ello ha
ido estrangulado lentamente los pulmones del planeta. Estos factores
sólo han avivado la certeza del peligro que se cierne sobre todos los
seres vivos del universo que conocemos y habitamos.
Si a lo mencionado añadimos las secuelas de las guerras de todo tipo en
que estamos envueltos -sin olvidar los intereses económicos que cada una
solapa, ya sea el control de importantes zonas petroleras y territorios
estratégicos, o la posesión de agua potable-; si también tomamos en
consideración que el potencial de armas nucleares asciende a 20168
ojivas reunidas en el arsenal de 9 países y que esa capacidad
termonuclear puede aniquilar al planeta Tierra en tan sólo 53 minutos,
entonces el aviso que estamos recibiendo es bien sombrío. Los mundos
recreados por Roberto Fabelo tienen la capacidad devolvernos a esa
realidad que muchos olvidamos, enfrascados en sobrevivir a diario en
cada uno de nuestros ámbitos, mientras otros disipan su existencia
envueltos en la fragancia de Eau du Soir, Chanel No. 5, Acqua di Gio o
Eternity.
En el interior de los Mundos del artista no presiento al ser humano
ideal, de proporciones perfectas, que dejara plasmado Leonardo da Vinci
en su dibujo Homo Cuadratus (1485-1490). Por el contrario,
subliminalmente distingo a púberes que estrenan una vida. Vida que en
muchas partes está siendo truncada mientras escribo estas palabras ¿Ese
es el futuro que se está diseñando la humanidad?
Sobre ese diseño de la destrucción y el desamparo nos hace pensar Fabelo
como algo factible. Cinco Mundos que podemos tocar y están a la altura
de nuestros ojos. Y el ojo es justamente el primer mandala. Ojalá sea
cierto lo dicho por Cirlot acerca de la finalidad de los mandalas:
“servir como instrumentos de contemplación y concentración (como ayuda
para precipitar ciertos estados mentales y para ayudar al espíritu a dar
ciertos avances en su evolución...)”.
 
Para ello –como advertencia- los Mundos de Fabelo se sostienen
suspendidos ante la vista de todos. Mundo K, con ese color áureo viejo
de las 16.000 cucarachas disecadas que lo conforman, espécimen que será
el único en sobrevivir al exterminio atómico; en tanto que Petromundo
exhibe una superficie formada por casquillos de balas de gran calibre,
testimonio de las guerras emprendidas por el control del “crudo”. Mundo
del día a día es una esfera de cubiertos inútiles que claman por
sostener cualquier bocado, ya que bocas son las que sobran; y Mundo 0 es
el trofeo de huesos con el que se premiará la falta de cordura.
Mientras, una esfera sin nombre y hecha de carbón vegetal encarna el
misterio y la incertidumbre en su rotunda negrura, esperando tan sólo la
proximidad de una llama para volver a arder y consumirse
definitivamente. Ella es la alegoría del límite de lo que puede ser
destruido, y a la vez el atisbo del canto a lo que todavía pudiera
sobrevivir.
Esta exposición austera, que tiene su mayor sostén en lo simbólico,
pulsa sus argumentos desde lo objetual y es completada por un conjunto
de dibujos casi enteramente monocromáticos, que reiteran el mismo
mensaje. Dibujos de pequeño y gran formato, en extremo sintéticos. Unos,
hechos con creyón sobre masonite, otros asentados sobre textiles
estampados. Conforman un grupo en el cual se destaca el que proyecta
desde la frente del Apóstol la luz cósmica de su espiritualidad y
pensamiento humanista.
Este conjunto también incluye el primer boceto de la serie Mundos, en
cuyos márgenes se distinguen algunos trazos distraídos del artista, del
momento en que este proyecto comenzaba a tomar cuerpo definitivo, y
estaban a punto de ser construidas las esferas que Fabelo quería lograr.
Sólo entonces se soslayaron los abundantes apuntes y estudios hechos
para tal fin en las agendas de notas del artista. Otro dibujo no menos
llamativo es Mundo K, homenaje al escritor checo Franz Kafka y alusión
directa al insecto en que quedó convertido su personaje Gregorio Samsa,
protagonista de La metamorfosis. Una novela en la que, como hoy, el
destino del hombre va siendo arrastrado hacia rumbos casi inevitables.
En Reciprocidad aparece una pareja acurrucada, ovillándose, conformando
un círculo de energía, de entrega de fluidos, en medio del encuentro
erótico donde lo biológico no niega la posibilidad de la pasión o el
amor. Siguiendo un tanto ese sentido del placer y la tentación discursa
Mundo rosa, cuyos trazos ponderan la belleza de la carne en un trasero
femenino y desde una postura en que su sexo queda expuesto a la vista.
En tanto que Fuente es un seno femenino ofrecido en su cualidad de
surtidor de vida, de pecho para amamantar nuestro universo. Estos tres
últimos dibujos constituyen excepción en medio de un conjunto que se
caracteriza esencialmente por su laconismo, como sucede en Medio mundo y
en el resto de las piezas que cierran este grupo de obras, sin olvidar a
esas que indistintamente semejan cinco gotas de noche salpicando las
paredes de la sala. Son cazuelas semiesféricas donde se solía cocinar
para saciar el hambre de muchos. Fondos de calderos que insinúan rostros
en medio del tizne adherido durante tantos años de explotación, de uso.
Rostros anónimos de niños, mujeres y ancianos que emergen en medio del
hollín.
Este escenario de contenciones y tensión que constituye la serie Mundos
de Roberto Fabelo tiene, como centro, problemáticas que atañen a todos y
se nos dan a través de una metáfora. La clave está en la repetición
enfática del cinco, número que rige al hombre y es además su símbolo.
Igual número de sentidos, de extremidades. Cifra reiterada en manos y
pies. Cinco partes iguales en altura y ancho, según la representación
del hombre como microcosmos realizada por Agrippa de Nettesheim, quien a
partir de ello lo enmarcó en los límites geométricos de una estrella.
Si se dudara de que el artista intenta establecer, desde su óptica, una
comunicación urgente con el pensamiento del hombre contemporáneo y
maximizar todo lo posible el sentido de su mensaje, bastaría con mirar a
Ración de mundo. Un plato enorme de humilde aluminio está servido con
cuanta cosa hemos convertido en desecho durante el transcurso
vertiginoso de nuestra existencia. A ese ritmo de constantes desatinos,
es muy probable que mucho antes de lo previsto hayamos perdido toda
posibilidad de salvar al medio en que vivimos y a la humanidad toda, es
muy factible que sobrevivan solamente los despojos en que habremos
convertido a todo cuanto nos rodea, y la vida no alcance para llegar
hasta esa única ración.
Caridad Blanco de la Cruz
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